La nueva propuesta educativa de Wert desde la perspectiva de los contenidos curriculares

Las consignas de la LOMCE: no pensar, no criticar, no inventar

Diagonal Saberes

Desde hace ya varias semanas las personas interesadas por la educación pública contamos con otra preocupación, la LOMCE, la última reforma educativa que el PP quiere implantar sin consenso ni diálogo. Se trata de una nueva norma que ha sido elaborada, como ocurre en casi todos los casos, por políticos que desconocen el trabajo en el aula y utilizan la educación como arma arrojadiza, sin ningún planteamiento pedagógico y de espaldas a los propios docentes. La posible solución que aporta la LOMCE al fracaso escolar, es segregar al alumnado de forma temprana y la realización de pruebas externas que tan solo servirán para confeccionar un ranking de centros. Tampoco podemos olvidar la apuesta, cada vez más explícita, por la concertación de centros privados, incluidos aquellos que separan por sexo (muchos vinculados al Opus Dei y otras organizaciones ultracatólicas).

La ley también propone el cambio de nombre de algunas materias, la eliminación de optativas o un distinto enfoque de las mismas. No se puede entrar a valorar qué asignaturas deben impartirse y cuáles no en la escuela sin un debate abierto y la participación de toda la sociedad, máxime cuando se mantiene en las aulas una materia como la Religión, asignatura que se ha perpetuado gracias a un acuerdo de la Conferencia Episcopal con el gobierno del año 1979. La Iglesia ha seguido adoctrinando en nuestras aulas, con dinero de todos, sin que ningún partido en el gobierno se haya planteado siquiera modificar este punto. Y ha sido tan perverso todo que, a pesar de perder día a día adeptos, la religión católica ha seguido impartiéndose al tiempo que otras materias eran eliminadas en algunos centros por falta de alumnado, un alumnado más numeroso que el que asistía a clases de religión en ese mismo centro o en el de al lado.

Mientras con cada borrador el Ministro Wert ponía y quitaba materias sin un análisis profundo; mientras hacía oídos sordos a docentes y familias, negociaba en secreto con la Iglesia para regresar a los años 80 y para que la religión volviera a contar con una alternativa evaluable, lejos de la actual MAE y así conseguir  atraer más alumnado. La religión se queda y otras materias como filosofía, dibujo, música, pierden peso dentro del sistema educativo. Es sin duda una decisión puramente ideológica sin ningún criterio pedagógico. Mientras las artes son, una y otra vez, despreciadas por la derecha, la religión gana peso en un país aconfesional y presumiblemente democrático.

Teniendo en cuenta que el PP ha enfocado esta nueva ley educativa hacia el mercado de trabajo, considerando que el objetivo es mercantilizar la educación, olvidándose de la formación de las personas, no nos extraña que el señor Ministro quiera prescindir de materias poco atractivas para el control de la masa asalariada, que al final es el objetivo marcado. Tan sólo quieren trabajadores dóciles y fácilmente manipulables. potenciales consumidores compulsivos. Pero una ciudadanía crítica no puede conformarse con eso y debe exigir que nuestros jóvenes reciban una formación integral para lograr así una población formada, autónoma, capaz de crear su propio futuro.

Son  muchas las asignaturas que quedan seriamente afectadas por esta reforma, a pesar de que la propia LOMCE, en su exposición de motivos,  dice: “El reto de una sociedad democrática es crear las condiciones para todos los alumnos puedan adquirir y expresar sus talentos.” La ley demuestra una vez más el rechazo que la derecha de este país siente por las asignaturas artísticas, a las que siempre ha considerado  marías poco relevantes, que distraen al alumnado. Sin embargo, la formación visual de los ciudadanos se hace cada vez más imprescindible en un mundo dominado por el lenguaje no verbal, ese mismo que los políticos utilizan para intentar convencer o manipular  a la sociedad. Lenguaje que, por cierto, hay que aprender a descodificar de manera crítica. Tampoco parecen relevantes los estudios musicales, lo que implica el carácter retrógrado de esta ley frente a otros estados europeos tan pomposamente citados en ella como modelo a seguir. Poco sorprende además que se tratara de eliminar una materia como la Historia en 4º de la ESO. El Ministro ha rectificado, no sabemos si por convicción, y al finalizar la ESO el alumnado habrá recibido información sobre nuestra historia más reciente. Esperemos que también cambie de parecer respecto a otras materias, aunque mucho nos tememos que no es esa la intención.

Si no lo hace, los jóvenes españoles podrían dejar de conocer a Kant o Descartes, porque una materia como Filosofía, capaz de crear un pensamiento autónomo, profundo y amplio, está siendo arrinconada por el Ministerio al dejar de ser obligatoria en 2º de Bachillerato. Tampoco tendrán muchas posibilidades esos jóvenes de acceder a la Cultura Clásica, puesto que no parece ser rentable ni política ni económicamente. Choca, por otro lado, y en contradicción incluso con la visión utilitarista de la propia ley, la reducción del área de tecnología, acaso porque no interesa  desarrollar la capacidad de comprensión crítica de un entorno tecnológico.

Sin embargo, el debate de las materias que podrían desaparecer no debe distraernos de lo verdaderamente importante. ¿Qué tipo de educación deseamos? Sin duda una educación completa, que respete la diversidad del alumnado, que no busque enfrentar la competencia feroz sino lograr la colaboración de los estudiantes tal y como deberán hacer cuando sean adultos. Una educación basada en el respeto, que se preocupe de las personas y no de los números que, colocados en un ranking sin un análisis en profundidad, servirían sólo para deshumanizar y segregar. Una educación que contemple todas las disciplinas para que el alumnado tenga una formación global, lejos de la manida división entre letras y ciencias, dos términos que comenzaban a superarse y que volverán a estar más en boga que nunca al hacer que el alumnado elija antes el itinerario que seguir. En definitiva, una enseñanza para ciudadanos libres y no para futuros consumidores acríticos que al mismo tiempo sean mano de obra barata, tal y como pretende la clase dirigente de este país. No pensar, no criticar, no inventar, no crear… Esas parecen las consignas para su nueva doctrina.

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