MANUEL CRUZ 26/10/2010

Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas.Pensaba en esta sencilla idea hace algún tiempo, mientras veía distraídamente un programa de la televisiónpública catalana dedicado a las novedades semanales de la cartelera cinematográfica de Barcelona. Trasinformar de una película (juraría que sobre vampiros) dirigida primordialmente al público adolescente, elprograma incluía un reportaje realizado a la salida del cine en el que se proyectaba el filme en cuestión. Lasopiniones que, en caliente, manifestaban los espectadores no llamaron mi atención hasta que terminé pordarme cuenta de algo que tendía a repetirse, y que me desconcertó levemente. Los espectadores de medianaedad eran proclives a destacar de lo que acababan de ver los aspectos que habían encontrado diferentes onuevos. Los más jóvenes, en cambio, no paraban de repetir -con un cierto aire de suficiencia, no exenta de unrictus de ligero fastidio (ya saben: elevación del labio superior por uno de sus extremos)- la expresión “lotípico”, para resaltar el escaso impacto que les había causado la película.Descartada la hipótesis de que todos aquellos jóvenes fueran rematados cinéfilos con un profundoconocimiento de la historia del séptimo arte (hipótesis que debería complementarse con la de que los adultoshabían sido seleccionados por su entusiasta ignorancia acerca del mismo asunto), la pregunta que de formacasi inevitable parecía surgir era la del origen de lo que daba toda la impresión de ser una tenaz resistencia porparte de los adolescentes entrevistados a dejarse sorprender. Resistencia que parecía contradecir el tópico dela infatigable curiosidad como rasgo constitutivo de las edades más tempranas, de igual modo que pone encuestión el que considera el resabio escéptico como la determinación más característica de la madurez.Confieso que me entristeció la imagen de aquellos jóvenes empeñados en mostrarse como si estuvieran devuelta de todo. Quizá hubieran mudado su actitud de saber que un joven resabiado es lo más parecido a unanciano que apenas hubiera vivido, que tuviera un pasado perfectamente vacío, y que, sin embargo, no dejarade apelar a la autoridad de la experiencia acumulada a sus espaldas. Pero vivir significa tener unadeterminada relación con lo que nos va ocurriendo, y eso no es algo que nos venga dado, con lo que podamoscontar de antemano: necesitamos la colaboración de quienes nos precedieron en el uso del pensamiento y de lavida, y que tuvieron la generosidad de dejarnos el regalo del destilado teórico de su experiencia. Y, es curioso,casi todos, desde Sócrates, coincidieron en algo: la pasión teórica es la chispa que salta cuando entran encontacto la conciencia de nuestra oceánica ignorancia y nuestra inagotable curiosidad. Con otras palabras: ladesesperada avidez por entender lo que nos pasa constituye, sin duda, uno de los mejores legados que lespodemos dejar a las generaciones futuras.Todo lo contrario, como fácilmente se deja ver, de ese modelo de joven modelado con la forma de lo existente,diseñado para enfundarse en lo real como en una segunda piel (ya saben: eficiente y eficaz, rentable,competitivo, ambicioso, seguro de sí mismo, etcétera.), que al gunos parecen empeñados en intentar producir.Perfectamente insustancial e irreprochablemente adaptativo.¿Son estas las personas que podrían mejorar lo que ahora hay? Se equivocan nuestros responsables políticos(tanto nacionales como autonómicos, por descontado) y todos aquellos que tienen poder para tomar decisionesacerca de lo que deben saber y cómo deben ser quienes hereden nuestro mundo si piensan semejante cosa. Asísolo conseguirán niños-viejos como los aludidos al principio: tan satisfechos consigo mismos como incapacesdel menor estupor, de la más mínima perplejidad.Pero si tales responsables aspiran a algo diferente, si conservan algo de aquel anhelo de transformación queantaño declaraban que constituía el norte de sus vidas -y que ahora, cuando son invitados a echar la vistaatrás, evocan como el motivo fundamental de su dedicación a la política- lo tienen muy fácil: lean filosofía ypromuevan su lectura entre los jóvenes. Por un motivo bien sencillo: no van a encontrar gente tan sólidamenteignorante como los filósofos. Por eso son de fiar.Obsérvese que intento no reincidir en la retórica, tan cara a muchos de mis colegas, según la cual constituimosalgo parecido al último baluarte del pensamiento crítico occidental ante la ofensiva homogeneizadora delmundo globalizado y la imparable banalización de la sociedad de consumo. Hace mucho que recelo de las enfáticas proclamas a favor de la capacidad del discurso filosófico para impugnar la totalidad de lo existente,sobre todo cuando las escucho en boca de según quienes, tan poco implicados hasta el presente entransformaciones radicales de ningún tipo.Me conformaría con que los filósofos fuéramos capaces de difundir actitudes más favorables hacia elpensamiento, hacia la reflexión, o hacia la duda sin más. Y que lo hiciéramos movidos por la clara concienciade que es mucho lo que se encuentra en juego en esta batalla.Nadie se llame a engaño respecto al signo de las afirmaciones precedentes. No hay en ellas sombra alguna decorporativismo, ni, menos aún, de esa específica variante de deformación profesional que es la querencia porlo especulativo como un fin en sí mismo. Horkheimer, en su momento, nos advirtió de una inquietanteposibilidad que ha terminado por tornarse en amenazante peligro o, tal vez peor, en cruda descripción dellugar en el que estamos. Escribió esta sencilla máxima: “El desprecio por la teoría es el inicio del cinismo en lapráctica”.Los llamados a decidir me admitirán el consejo: presten menos atención a asesores que les reafirmensistemáticamente en sus convicciones y escuchen más a quienes tienen dudas. Seguro que aprenderán de ellos,entre otras cosas porque no hay otra manera de aprender.De lo contrario, corren el peligro de terminar como los adolescentes de la anécdota inicial y acabar repitiendo”ah, lo típico” respecto a todo lo que les venga de nuevas. Sin entusiasmo ni curiosidad alguna. Y, en esascondiciones, ni entenderán el presente ni podrán ayudar a construir un futuro que merezca la pena ser vivido.

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